Lo que recordé antes de empezar una nueva etapa: La memoria de mi abuela y aquello que llamamos hogar | cambiar de entorno ⑥

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Serie: Decisiones y reflexiones sobre cambiar de entorno — Capítulo 6


Lo que recordé antes de cambiar de vida

En medio de los preparativos para el traslado, un recuerdo apareció de pronto.

El recuerdo de un lugar al que iba casi todos los días cuando era niña. Un lugar donde me sentía, de verdad, en calma.


El lugar al que iba cada día

En ese lugar estaba mi abuela.

Había criado junto a mi madre, y yo iba a su casa casi todos los días al salir de la escuela.

No hacíamos nada especial.

Me daba algo de dinero, yo compraba caramelos en la tiendecita del barrio, y nos sentábamos junto al kotatsu a merendar, dejando pasar el tiempo sin más.

Estar allí era lo más natural del mundo.


La mudanza repentina

Un día, por un traslado de trabajo de mi padre, nos mudamos lejos.

Lo que hasta entonces había sido mi vida cotidiana se cortó de golpe, sin aviso.

Creo que de niña no logré entender del todo lo que estaba pasando. Antes de que pudiera sentir la tristeza, ya estaba inmersa en el esfuerzo de adaptarme al nuevo entorno.

Las palabras sonaban diferente. Aunque creía que hablaba igual que todos, me decían que me expresaba de manera rara. Intenté aprender a hablar como la gente de ahí, para no llamar la atención.

Yo, que nunca había tenido problemas en la escuela, de repente dejé de entender hasta las operaciones más simples. Supongo que el cambio fue demasiado grande.

Y aun así, cada día pensaba en ella. La echaba de menos. Me sentía sola y perdida.


Lo que ocurrió cuatro meses después

Cuatro meses después de la mudanza, aquel verano, mi abuela murió.

Hasta hoy no sé bien cómo procesar lo que pasó.

Solo hay una cosa que no he dejado de pensar todos estos años.


La soledad

Durante mucho tiempo pensé que mi abuela había muerto de soledad.

No sé si es verdad. Pero de niña, no podía sentirlo de otra manera.

En aquella época, llamar por teléfono era caro. No se podía hablar mucho tiempo. Mi madre y mi abuela me decían que cortara pronto, y sin que nadie me lo dijera explícitamente, terminé sintiéndome como si llamar fuera algo que no debía hacer.

Y entonces, de repente, sin casi darme cuenta, mi abuela se fue.

Sin tiempo para llorar.


Las personas y los lugares son inseparables

Este recuerdo nunca me ha abandonado.

Las personas están ligadas a los lugares, y los lugares existen entrelazados con la memoria de quienes los habitaron.

Por eso cambiar de lugar no es simplemente moverse. Es algo más.


Lo que esta mudanza tiene en común con aquella

Esta vez, la decisión de mudarme fue mía.

No me están arrancando de ningún sitio de golpe, como entonces.

Y aun así, el peso de cambiar de lugar resuena en algún rincón con aquella memoria de la infancia.


Lo que permanece como punto de partida

Mirando atrás, creo que el origen de lo que para mí significa un lugar donde sentirse segura está en aquellos momentos.

Un lugar donde había alguien. Un lugar donde simplemente podías estar.

Sin tener que cambiar nada. Sin tener que ser distinta a como eras.

Mi abuela no cuestionaba nada. Estaba ahí, y con eso bastaba.

Era, en realidad, una pariente por parte del padre de mi madre. No tuvo hijos propios, pero en un momento difícil de su vida acogió a mi madre con calidez y la crió como suya.

Por eso, lo que yo representaba para ella — la hija de esa hija adoptiva — es algo que hoy ya no puedo saber.

Pero el aire de aquellos momentos sigue aquí.

Sus manos deformadas por la artritis, abriendo para mí una bolsa de caramelos. El dinero que me ponía en la palma. La voz con que me llamaba, su entonación particular.

Todo lo recuerdo.


El tiempo en que guardé esa memoria bajo llave

Durante una época, cerré la puerta a estos recuerdos.

Porque con esos recuerdos regresaba también una tristeza que nunca encontró dónde quedarse.

Supongo que mirar hacia adelante, acostumbrarme a la nueva vida, me exigía no mirar atrás.

Pero aún hoy pienso en ella. Quisiera que siguiera aquí.


Lo que sigue conectado

Hay una tía, dos años mayor que mi madre, en quien a veces veo algo de mi abuela.

Esa tía tiene ahora la misma edad que tenía mi abuela cuando murió.

De vez en cuando, sin esperarlo, me invade la angustia de volver a perder a alguien.

Siempre he pensado que cuando una persona permanece demasiado tiempo en la soledad, algo en ella se va apagando.

Una vez leí que los bebés, aunque estén bien alimentados, no se desarrollan bien si reciben poco contacto físico y pocas voces que les hablen. No sé hasta qué punto es exacto. Pero de niña, eso se superponía con la muerte de mi abuela en mi mente.

Las personas vivimos dentro de los vínculos con otros.

Por eso quiero estar cerca de mi madre todo lo que pueda. Porque siento, en algún lugar dentro de mí, que si permanece demasiado tiempo sola, algo en ella también podría apagarse.


La niña que fui y la persona que soy ahora

Cuando mi abuela murió, yo era una niña. No podía hacer nada. Solo quería verla, y ni la distancia ni el tiempo estaban en mis manos.

Ahora es diferente.

Tengo cuarenta y cinco años, y soy una adulta que puede elegir.

Dónde vivir. Al lado de quién estar. Esas decisiones son mías.

Por eso no quiero arrepentirme de lo que elija de ahora en adelante.

Cuando llegue el momento en que mis padres ya no estén, no quiero pensar “no pude hacer nada”.

El único arrepentimiento que no quiero volver a cargar es el de haber podido hacer algo y no haberlo elegido.


Para cerrar

Las personas vivimos dentro de los vínculos con otros.

Y cuando esos vínculos se rompen, algo en nosotros puede quebrarse también.

Por eso, a veces, sigo queriendo estar cerca de mi madre.

Pensaba que empezar una nueva vida era una decisión orientada únicamente al futuro. Pero quizás también es un acto que nos conecta con el pasado.

Para mí, el lugar al que se vuelve está en aquellos momentos.

Y este recuerdo, que surgió ahora de improviso, seguirá acompañándome mientras decida cuáles serán mis próximos lugares.


Este ensayo también está disponible en japonés e inglés.

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